-¿Y qué es la verdad? -preguntó Pilato. Dicho estor salió otra vez a ver a los judíos. (Juan 18:38).

Los sacerdotes llevan a Jesús hasta el palacio de Pilato, pero no entran. No se querían contaminar ceremonialmente, para poder participar de la Pascua. ¿Entiendes la situación absurda? Asesinar a un inocente no es ningún problema; pisar la casa de un gentil, sí.

Pilato sale de su casa para encontrarse con el grupo, que estaba buscando su aprobación a fin de ejecutar la sentencia que ya habían estructurado; nada más que esto. Por eso, las preguntas que él hace no son bienvenidas por la turba.

«¿De qué lo acusan?” “¡No importa! Apenas di que es un malhechor». «Si es lo que quieren, júzguenlo”. «No podemos matarlo, necesitamos tu permiso», fue el diálogo.

Pilato entiende que es todo mentira, y no sabe los verdaderos motivos. En­tonces, busca las respuestas con el prisionero. “¿Eres el rey de los judíos? ¿Qué has hecho?” “Nada, mi reino no es de este mundo», dice Jesús. «Entonces, ¿eres un rey?”, interroga Pilato. «No estás entendiendo: yo nací para dar testimonio de la verdad». Ahí surge la pregunta “pilatesca”: «¿Qué es la verdad?» Luego, sale a ver a los judíos.

Pilato dejó a la Verdad con la respuesta que podría cambiar para siempre su vida, para ir a ver a los mentirosos. No se animó a quedar del lado de lo co­rrecto, aunque sabía qué lado era ese. Saber qué es lo bueno no sirve de casi nada, si no hay una actitud concreta de actuar bien. Entender qué es lo justo y no hacerlo, es doblemente equivocado Pilato eligió no actuar.

A pesar de su posición timorata, sale y predica a la multitud la inocencia de Cristo. “No encuentro que sea culpable de nada». ¡Claro que era inocente! ¡Hasta Pilato lo conseguía ver! Solo que, en lugar de actuar, él intentó negociar con el mal. Tú ya lo sabes: es el error más común que cometemos en relación con el pecado. Queremos negociar con él La única actitud válida es alejarse, abandonarlo. Tomar una posición contraria, lo más lejos posible.

Pilato coloca delante del pueblo una opción que -suponía- era imposible de rechazar: Jesús por Barrabás, un delincuente terrible. Con lo que él no contaba, era con la locura del error que dominaba la mente de la multitud. «¡Barrabás!» fue el grito que escuchó. Se dio por vencido. Fue y se lavó las manos

Un depósito con agua no limpia su conciencia. Tampoco la tuya.

Extracto del libro 365 Vidas

Por Milton Bentancor

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