“Entonces el Señor le dijo a Oseas: Ponle por nombre: «Pueblo ajeno» porque ni ustedes son mi pueblo, ni yo soy su Dios” (Oseas 1:9).

La historia de Oseas es una de las más extrañas que la Biblia presenta. La orden divina va contra todo lo que él había exigido y enseñado du­rante siglos al pueblo de Israel. Ahora, Dios pide a un profeta que haga exactamente lo mismo que él había condenado durante toda la historia.

Si lo piensas con cuidado, verás que la orden que recibe Oseas está tan a contramano de lo que son los pedidos de Dios como la que siglos antes había recibido Abraham, en relación con el sacrificio de Isaac.

Son órdenes que -en un primer momento- no tienen lógica. Pero tanto Abra­ham como Oseas obedecen el mandato divino. ¿Por qué? Porque ellos conocían la voz de Dios. Los verdaderos seguidores de Cristo no obedecen las órdenes que reciben por la orden en sí, sino por la voz que escuchan. Nuestro gran problema es que no conocemos la voz de Dios; por eso preferimos obedecer órdenes que nos parezcan lógicas, aunque puedan ser humanas.

Oseas se relaciona con Gomer y tienen tres hijos; Jezrel, Lorrujama y Loamí. Cada uno de ellos simbolizará un momento en la vida espiritual del pueblo de Is­rael; momentos que formarán un proceso de decadencia, alejamiento y perdición.

El primero significa que dentro de poco caerá la casa real de Jehú, y pondrá fin al dominio del reino de Israel (Ose. 1:4). Más allá de la cuestión política, Dios está avisando que aquel que no se aparta de los caminos que él marcó tiene más chances en su lucha contra los enemigos.

Luego nace la hija del profeta, llamada Lorrujama (que significa “Indigna de compasión”). Como ocurre naturalmente cuando las advertencias divinas no son tomadas en cuenta, el proceso de profundización del pecado se va haciendo más categórico; es gradual, pero constante. Así, y por nuestra elección, Dios queda imposibilitado de demostrar su compasión por nosotros.

Pero el proceso no termina. Luego nace Loamí. Llega el momento en el que el Señor debe decir: «Ni ustedes son mi pueblo, ni yo soy su Dios” (Oseas 1:9). Es la negación del sueño divino de Levítico 26:12; sueño que Cristo quiere realizar en la Nueva Jerusalén cuando, según Apocalipsis 21:3, finalmente seremos su pueblo y él nuestro Dios para siempre.

Extracto del libro 365 Vidas

Por Milton Bentancor

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