-No la dividamos -se dijeron unos a otros-. Echemos suertes para ver a quién le toca. Y así lo hicieron los soldados. Esto sucedió para que se cum­pliera la Escritura que dice: «Se repartieron entre ellos mi manto, y sobre mi ropa echaron suertes». (Juan 19:24).

Vestir un uniforme puede marcar toda la diferencia. Vestirlo igual que un grupo, puede multiplicar -para bien o para mal- esa diferencia. Escondidos en la uniformidad de las formas y los colores, los soldados romanos pasaron todos los límites.

La orden del miedoso Pilato fue azotar a Jesús, antes de entregarlo a los dirigentes judíos para que lo crucificaran. Los soldados fueron más allá: lo des­nudaron para colocarle un manto púrpura; le pusieron una corona de espinas; le dieron una caña como cetro y se arrodillaron, jocosamente, delante de él. Las burlas eran innecesarias.

Cristo había comido ¡a noche anterior, cerca de la puesta del sol, su último bocado de pan sin levadura, y había tomado jugo de uva. Luego de eso, el carpintero de Nazaret había soportado la mayor tortura psíquica y física que te puedes imaginar. Después de una noche sin dormir, habiendo quedado solo porque sus discípulos lo habían abandonado; habiendo sido abofeteado, atacado de varias maneras y azotado con crueldad, los soldados romanos no se conforman, y se burlan de él.

Nadie morirá por un golpe de una caña en la cabeza, por más que tenga una corona de espinas. El ataque es más profundo. La ofensa es más baja. Es del mismo grupo de agresiones donde colocamos a las escupidas. No matan, ni siquiera lastiman; pero hieren en el fondo del alma. Los soldados no tenían la orden de hacerlo, pero ellos pasaron los límites.

Jesús llega al Calvario. Las manos de los soldados se elevan, ya no para burlarse, sino para clavar con toda la fuerza posible con un martillo, para lacerar las manos que habían curado al enfermo, que habían dado vista al ciego y que habían abierto los oídos del sordo.

Los uniformados levantan la cruz lo más alto que consiguen. No lo saben, pero están cumpliendo otra profecía. Desde esa altura, lo dejan caer para que sus carnes se desgarren. El dolor es indescriptible. Ellos echan suertes sobre los vestidos de Cristo. Si miras con atención, te podrás ver con el uniforme.

Extracto del libro 365 Vidas

Por Milton Bentancor

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