Éste se acercó a Jesús para besarlo, pero Jesús le preguntó: -Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del hombre? (Lucas 22:47-48).

En la época de Jesús, Judas era un nombre común. Significa «Alabanza a Dios», por eso los padres del pueblo de Israel lo utilizaban tanto. Solo en el Nuevo Testamento aparecen seis personajes con ese nombre. Jesús tenía un hermano que se llamaba Judas; es el autor de la carta universal que encontramos en la Biblia. El cristiano que recibió al temido perseguidor Saulo en su casa cuando quedó ciego en el camino a Damasco, también se llamaba Judas.

¿Qué pasó? ¿Por qué hoy es nombre -casi- exclusivo para perros? Pasó por la historia uno que destruyó todo lo bueno, todo lo noble y todo lo positivo que el nombre podía tener. Un solo ser humano lo manchó de tal manera, que nadie más quiere ser identificado con él.

Judas formaba parte del grupo más cercano al Salvador. Según relata el apóstol Juan en su Evangelio, un tiempo antes recibió el poder para echar demonios, sanar enfermos, resucitar muertos. Él recibió el mismo trato que los demás, escuchó las mismas palabras y se enteró de las mismas profecías que los otros. Cristo le lavó los pies. Compartió con él el jugo de la vid y el pan.

Pero, cuando tomamos ciertas decisiones somos extremadamente tercos para reconocer el error. A pesar de todo, continuamos marchando hacia la muer­te, con el paso y la mirada firmes, aunque sospechemos el fin que nos espera.

Cristo lo señala como el traidor, no con su nombre sino con un gesto. El grupo de los discípulos no entendió lo que estaba sucediendo, pero Judas se sintió descubierto y humillado. Fue la combinación perfecta para que, después de haber comido el bocado que Jesús le entregó, el enemigo de Dios entrara en él y lo tentara a tomar la última decisión: traicionar a Cristo.

Obviamente que la decisión fue personal, como todas. El enemigo nos tienta, sabe cómo y cuándo; pero no puede decidir por nosotros. Judas decidió dar el siguiente paso.

Por haber salido, no escuchó el nuevo mandamiento que Cristo dio a sus seguidores, ni la promesa de su pronto regreso a la Tierra, ni la del Consolador. Traicionar a Cristo es pésimo, pero estar lejos de él es mortal.

Extracto del libro 365 Vidas

Por Milton Bentancor

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