Pasaje Clave: Nehemías 11.

Vuelve un momento al Día 10. Lo habíamos comenzado de la siguiente manera: “El capítulo 7 (Días 8 y 9) finalizó con el registro de todos los habitantes de Israel y sus animales (7:66-69) y con la recolección de una gran ofrenda destinada a completar las obras de reconstrucción (7:70-73). El relato del capítulo 7 continuará en el capítulo 11 (Día 14) pero por ahora, el autor del libro de Nehemías abre un gran paréntesis (capítulos 8 al 10) para hablar de otros temas importantísimos”. ¿Recuerdas?
Ok. Ahora cerramos ese “gran paréntesis de los capítulos 8 al 10” en donde vimos la celebración (Día 10), la humillación (Día 11), el reconocimiento (Día 12) y el compromiso (Día 13) del liderazgo y del pueblo, para continuar directamente desde el capítulo 7 con la repoblación de la ciudad de Jerusalén y sus alrededores.

ESTABLECIDOS EN LA CITY
La reconstrucción de los muros de Jerusalén había finalizado exitosamente y en tiempo récord, pero el problema era que muy pocos vivían en la ciudad (7:4). La solución era muy simple: alentar al liderazgo y a una parte del pueblo a que se establecieran nuevamente en ella. Pero Nehemías establece una importantísima condición: para habitar en Jerusalén tienes que demostrar que realmente eres judío, un descendiente de judíos.
Esto ya lo vimos durante los Días 8 y 9 donde Nehemías verifica la genealogía de todos aquellos que habían regresado del exilio.

¿Quiénes son los primeros en establecerse en Jerusalén? (vs.1)
¡Claro! Los líderes dan el ejemplo y se establecen en la ciudad.

¿Cómo “eligen” al resto de los que habitarán la ciudad? (vs.1-2)
Algunos fueron escogidos por sorteo. Entre 10 judíos se escogía por sorteo a uno de ellos. Mientras que otros se ofrecían voluntariamente para habitar en la ciudad. Estos últimos recibían el reconocimiento del pueblo.
“¿Por qué la gran mayoría no quería habitar en la capital del reino?”
“¿Acaso no era un privilegio vivir en la principal ciudad de Israel?”
“¿No pasarían por ahí las principales negociaciones, comercios, intercambio de productos y oportunidades de negocios?”
“Entonces, ¿por qué la gente se “resistía” a habitar en ella?”

¡Muy buenas preguntas! Hay varias razones:
Primero, porque la gran mayoría de las casas de Jerusalén estaban en ruinas (7:4). Se reedificaron los muros de la ciudad pero no sus casas. Si te ibas a vivir allí tenías que reconstruir la casa que te tocara o edificarla desde cero. Esto implicaba trabajo y un costo importante.
Segundo, porque la gran mayoría tenía sus propias casas y propiedades fuera de la ciudad. Si te mudabas a la ciudad tenías que evaluar que hacías con tus otras propiedades. ¿Alguien te las cuidaba? ¿Las alquilabas? ¿las vendías? ¿Se la prestabas a regalabas a otras familias? ¿Ahora entiendes por qué los voluntarios eran felicitados por el resto del pueblo?

¿Qué sucede con el resto del pueblo? (vs.3)
¿Qué descendientes de Judá se establecen en Jerusalén? (vs.4-6)
¿Qué descendientes de Benjamín se establecen en Jerusalén? (vs.7-9)
¿Qué familias sacerdotales se establecen en la ciudad? (vs.10-14)
¿Qué familias de los levitas se establecen en la ciudad? (vs.15-18, 22-23)
¿Qué familias de los porteros se establecen en la ciudad? (vs.19)

ESTABLECIDOS FUERA DE LA CITY
¿En dónde se establecen el resto de los israelitas? (vs.20-21, 25 al 36)

ESTABLECIDOS EN EL REINO DE DIOS
A los israelitas, verificar correctamente su origen y los datos de su genealogía les servía para acceder al servicio a Dios y los convertía automáticamente en candidatos para establecerse y vivir en la capital del reino. ¡Alto privilegio tenían!
Algo similar podemos afirmar de nosotros aunque no seamos israelitas. Gracias a nuestra genealogía espiritual (Día 9) y a nuestra identidad de hijos e hijas de Dios pertenecemos al Reino de Dios, tenemos acceso a su presencia y un día seremos habitantes del cielo y de una tierra redimida y restaurada. Nuestra identidad confirmada nos da derecho de pertenencia.
Si eres, perteneces. Y si perteneces tienes acceso a todas las bendiciones de Papá. Somos habitantes del Reino de Dios. Estamos en la Tierra pero pertenecemos al Cielo. Vivimos aquí pero somos de allá. De hecho, solo estamos de paso, nuestra eternidad no es terrenal, es celestial. Llevamos en nuestros espíritus el sello imborrable del Espíritu Santo, la marca que nos hace ciudadanos del Cielo, hijos e hijas del Altísimo, herederos de todas sus bendiciones y extranjeros en nuestra propia tierra. Somos y pertenecemos.

Extracto del libro «Desafíos Para Jóvenes y Adolescentes: Nehemías»

Por Edgardo Tosoni

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