Entonces le dijo al hombre: -Extiende la mano. Así que la extendió y le quedó restablecida, tan sana como la otra (Mateo 12:13).

Si lees la historia, verás que los fariseos dedicaron ese sábado para seguir a Jesús y criticarlo. ¡Lindo espíritu de adoración!

Comenzó temprano, cuando los discípulos pasaron por el campo sembrado y recogieron unas espigas para comer. Los fariseos atacan a Jesús, acusando a sus seguidores de profanar el día santo. La locura del pecador roza lo absurdo. La ceguera del orgullo espiritual es tan evidente, que no consiguen ver que están hablando con el Señor del sábado.

A pesar de todo, Cristo dedica tiempo para responderles sobre la base de la Biblia -les recuerda la historia de David-, y los coloca en una perspectiva diferente sobre lo que ellos creen. En ese contexto, Jesús les dice que es el Señor del sábado. ¿Alguna duda? Parece que no. En realidad, sí.

Jesús y los discípulos entran en una sinagoga (costumbre que debemos mantener cada sábado, ¿verdad?). Los fariseos lo siguen. Buen momento para que pienses en algunos detalles. Básicamente, ¿para qué vas a la iglesia? ¿Si­gues a Jesús para criticar a quienes lo acompañan? Los fariseos entran en la sinagoga, pero dejan el espíritu de adoración en la puerta.

Las sinagogas son un sitio de adoración festiva. Mucha música, cantos, aplausos. Todos los adoradores participan de las lecturas sagradas y alaban. Los fariseos no consiguen ver nada de todo lo hermoso que ese sábado guardaba para los verdaderos adoradores. Sus ojos están sobre Jesús no para reveren­ciarlo como Dios, sino para criticarlo e intentar hacerlo pecar.

Recuerdo la señora que visitó una iglesia, y después de las músicas inspira­doras, el sermón motivador y profundamente espiritual, el momento de la oración por las familias y de un culto, definitivamente bendecido, resumió la experiencia diciendo: “Había una mujer con el escote un poquito grande”.

Que el hombre con la mano seca haya sido curado, a los fariseos no les importó. Ellos no están preocupados por las bendiciones que Dios da a sus hijos, solo piensan en lo que ellos creen que es correcto y lo que no es. ¡Demasiada pobreza de espíritu para alguien que tendría que estar en re­lación con Cristo!

Extracto del libro 365 Vidas

Por Milton Bentancor

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