-¿Cómo te llamas? -le preguntó Jesús. -Legión -respondió, ya que ha­bían entrado en él muchos demonios. (Lucas 8:30).

Pueden ser dos (como en relato de Mateo) o uno (como dice Lucas). Lo cierto es que los habitantes de Gadara no sabían cómo tratarlo. Todo lo que habían intentado, no había dado resultados definitivos, en solo cuestión de tiempo, el endemoniado volvía a sus locuras. Con ese con­texto, y luego de haber calmado la tempestad en el mar, Jesús llega a la región.

Es interesante, porque este pobre ser humano es el “comité de bienvenida» que recibe a Jesús. Lo conoce por nombre. Sabe quién es. Lo respeta y, arrojado a sus pies, le pide que no lo atormente.

Conocer a Jesús por nombre, reconocerlo entre todos, saber que es el Hijo de Dios no modifica la vida de nadie. ¿Recuerdas aquel versículo de Santiago 2:19 que dice que los demonios creen y tiemblan? Pues aquí tienes un ejemplo real y práctico.

Jesús podrá transformar tu vida cuando tú no te conformes con un conoci­miento teórico, sino cuando lo dejes ser tu Dios. Cuando la legión de demonios vio a Cristo, dio un grito. La Biblia no da el motivo, pero imagino que fue la expresión natural que surgió en la mente de aquellos ángeles caídos cuando vieron, después de milenios, nuevamente el rostro de su verdadero y primigenio Comandante.

El grito de sorpresa, el grito que resume todos los sentimientos que se habrán agolpado en sus mentes por el error cometido. Sacian que frente al verdadero General del universo no tenían ninguna posibilidad de triunfo.

Jesús, apenas ve al pobre hombre dominado por los espíritus malignos, les ordena que lo abandonen. La obediencia es inmediata; pero como no saben a dónde ir, preguntan a Cristo hacia dónde se pueden dirigir.

Si quisieran entrar en la vida de otro hombre, en su santa presencia, serían expulsados nuevamente. Preguntan por los cerdos, consiguen el permiso, y la piara de animales se ahoga.

¿Notaste? Los demonios conocían quién era el Señor que estaba delante de ellos. Cristo les pregunta su nombre. No porque él no lo supiera, sino porque esa pregunta obliga a presentarnos ante su presencia tal como somos, sin que podamos esconder nada. ¿Cuál es tu nombre?

Extracto del libro 365 Vidas

Por Milton Bentancor

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