Después llegaron a Jericó. Más tarde, salió Jesús de la ciudad acompa­ñado de sus discípulos y de una gran multitud. Un mendigo ciego llamado Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado junto al camino. (Marcos 10:46).

Los evangelios cuentan que, después de la conversación con el joven rico, Jesús y sus discípulos finalmente viajaron. Fue así que llegaron a la ciudad de Jericó.

Nuevamente vemos a Cristo caminando, buscando y entrando en contacto con las personas para ayudar, en Jericó. Cristo no se esconde, no se queda esperando a que lo vayan a buscar. Si se hubiera quedado parado, seguramente Bartimeo no lo habría encontrado.

Mientras nuestra religión se quede parada, quieta, inmóvil, escondida entre las cuatro paredes de un templo -por bonito que sea-, no llegaremos a los nuevos Bartimeos, mendigos y ciegos espirituales. Las personas necesitadas no van a buscarte, si estás misteriosamente oculto en un salón de cultos. O sacas tu religión a la luz del sol, o el Sol de justicia nunca podrá iluminar la vida de quienes viven en la oscuridad.

Bartimeo escucha que Jesús de Nazaret, el hacedor de milagros, está en la ciudad. ¡Mejor! Está pasando por el camino en el que él estaba pidiendo sus limosnas. No iba a dejar pasar la oportunidad; sabía que podía pedirle un milagro, y no unas pocas monedas.

¿Recuerdas el paralítico que curaron los apóstoles Pedro y Juan en la puerta del Templo? Él no sabía lo que podía esperar de ellos. Bartimeo, por el contrario, tenía muy en claro lo que el Maestro le podía dar.

Y tú, ¿eres más parecido al paralítico o al ciego? ¿Eres consciente de lo que puedes pedir al Señor del universo? A veces veo que nos conformamos con una pequeña moneda, cuando él está dispuesto a darnos el milagro que cambiaría radicalmente nuestra vida.

Esta vez, los discípulos no dicen nada (¿aprendieron la lección?), lo dejan gritar; pero la multitud (ahí donde estamos tú y yo) se encarga de complicar la vida del necesitado. Nosotros somos los que hacemos difícil que el ciego llegue a la Fuente de su visión. Nosotros somos los que dificultamos la llegada del pecador a los brazos del Salvador.

Jesús para su caminata. Lo sana. Lo salva Lo transforma en un seguidor Hoy Cristo está dispuesto a detener su caminata por ti. ¿Qué le pedirás?

Extracto del libro 365 Vidas

Por Milton Bentancor

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here