Luego de hablar el rey con Daniel, Ananías, Misael y Azarías, no encon­tró a nadie que los igualara, de modo que los cuatro entraron a su servicio. (Daniel 1:19).

No sabemos si eran amigos en Jerusalén o si se conocieron en el viaje que los llevaba al mundo desconocido de la esclavitud. Tal vez se encontraren en Babilonia, entre los cientos de jóvenes hebreos que habían sido elegidos para ser educados en las costumbres del rey.

Quizá se descubrieron mirando con desaprobación la comida que Nabucodonosor les ofrecía, y notaron que podían ser amigos No sabemos cómo comenzó la amistad entre Daniel y sus tres compañeros, pero sí sabemos lo que estos cuatro jóvenes juntos consiguieron en la corte del rey más poderoso del mundo en aquel momento.

No hay lugar, circunstancia o situación que pueda limitar a un grupo de jóvenes cristianos que hayan entregado sus vidas en las manos de Cristo, y decidido, basados sobre la fuerza celestial, ser «fiel hasta la muerte».

Nabucodonosor debió de haber enviado a Daniel de viaje lo más lejos que consiguió de la llanura de Dura. No lo quería cerca cuando levantase su estatua, y mucho menos cuando ordenara la obligación de adorarla. Pero el rey no tomó en cuenta un detalle: los amigos de Daniel no necesitaban de la presencia de Daniel para «portarse bien», lo hacían porque eran conscientes de una Compañía constante, y mucho más importante para ellos.

La presencia del pastor, del profesor, de tus padres te inhibe de ciertas actitudes; pero Ananías, Misael y Azarías nos enseñan que hacer lo correcto no debe estar relacionado con los ojos humanos que nos puedan observar, sino con la mirada divina, que todo lo ve.

Finalmente, no obedecieron al rey Nabucodonosor en su locura de adora­ción, porque ellos sabían que siempre es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.

Al inestable monarca no le gustó nada la situación. Los manda llamar, los amenaza y los presiona. La respuesta que los muchachos hebreos le dan es fantástica: «Si se nos arroja al horno en llamas, el Dios al que servimos puedo librarnos del horno y de las manos de Su Majestad. Pero aun si nuestro Dios no lo hace así, sepa usted que no honraremos a sus dioses ni adoraremos a su estatua» (Dan. 3:17-18).

La obediencia está antes que los resultados. No obedecemos para conseguir una bendición o protección, sino porque nuestro deber es obedecer, más allá de los favores que recibamos o no por nuestra actitud.

Extracto del libro 365 Vidas

Por Milton Bentancor

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